El Cántico de Moisés - Deuteronomio 31, 19-30.32 ss

Para profundizar en este tema es muy necesario leer el capítulo 31 y 32 del libro del Deuteronomio.
A continuacón les invitamos a leer los temas relacionados con la materia.

1.- El Testamento de Moisés.
2.- El análisis del Cántico de Moises.

DEUTERONOMIO CAPÍTULO 31
Testamento de Moisés

Últimas Disposiciones de Moisés: Elección de Josué (Dt 31, 1-8)

Moisés, sintiéndose próximo a su muerte e imposibilitado, por sus años y por los designios divinos, para entrar en la tierra prometida, confía a su fiel lugarteniente Josué la misión de conducir a su pueblo hacia la etapa final. Los ciento veinte años han de tomarse en números redondos. La vida de Moisés aparece dividida en tres períodos de cuarenta años: cuarenta años de estancia en Egipto, cuarenta años de estancia en el desierto con Jetró hasta el éxodo y, finalmente, cuarenta años de peregrinación por el desierto como libertador de su pueblo. Esta distribución, pues, resulta artificial, como la de la vida de los patriarcas. El hagiógrafo idealiza la historia conforme a determinados esquemas preconcebidos para destacar más la protección de Yahvé hacia sus elegidos. El deuteronomista presenta al gran profeta y caudillo salvador de Israel al término de su carrera, cumpliendo puntualmente los designios divinos, nombrando sucesor fiel y digno y muriendo a la vista de la tierra de promisión. Aarón — primer sumo sacerdote — había terminado sus días solemnemente en el monte Hor después de entregar sus ornamentos pontificales a su sucesor Itamar, y Moisés cerrará sus ojos en el monte Nebo después de delegar sus poderes al intrépido Josué, héroe de la conquista de Canaán. Al nombrar a su sucesor, le anima a proseguir y a hacer frente a los enemigos de Canaán, que con la asistencia divina serán derrotados, como lo fueron los reyes de TransJordania, Seón y Og (v.4). Las antiguas promesas divinas a los patriarcas han de cumplirse puntualmente, porque Yahvé marchara delante del nuevo líder abriendo paso a los israelitas en la tierra de los cananeos. La historia del libro de Josué es como un comentario a estas promesas.

Lectura Periódica de la Ley (Dt 31, 9-13)

En el Deuteronomio se habla siempre de discursos que Moisés dirigió a su pueblo. Aquí se trata de la redacción escrita de esos discursos que comprenden la Ley. Esta fue entregada a los sacerdotes, hijos de Leví, como depositarios oficiales de ella, representantes de la autoridad religiosa, a los cuales, a su vez, incumbía enseñarla al pueblo. Junto a ellos aparecen los ancianos, representantes de la autoridad civil. El legislador dispone que cada siete años (año de remisión, v.10) se lea esta Ley al pueblo en la fiesta de los Tabernáculos, cuando ya habían terminado las faenas agrícolas (septiembre-octubre). Era una especie de misión popular en la que se recordaban las obligaciones del pueblo para con Dios. La Ley objeto de la lectura pública debía de ser una selección de los discursos deuteronómicos. En 2 Re 23:25 se habla de la lectura del libro de la Ley hallado en los cimientos del templo, y en Neh 8,is se vuelve a hablar de la lectura pública de la Ley. Él israelita debe conformar su vida al módulo exacto de la Ley, que restaura el alma, es perfecta, sus ordenaciones son rectas y alegran los corazones.

La Futura Apostasía de Israel (Dt 31, 14-30)

El deuteronomista se muestra obsesionado por la idea de la prevaricación idolátrica de Israel. Unas veces es el temor de que se deje llevar del culto idolátrico, otras es la certidumbre de su prevaricación. Yahvé revela a su profeta el futuro prevaricador de su pueblo, por lo que esconderá su rostro de él, es decir, se apartará, privándole de su protección.

La declaración de Yahvé es solemne, y por eso Moisés y Josué deben presentarse ante el tabernáculo de la reunión para recibir sus órdenes concretas para que las pongan por escrito. En 3:28 se alude a la orden de establecer a Josué como sucesor de Moisés. Según Núm 27:15-23, Moisés impuso sus manos sobre su sucesor, delegándole su poder ante el sacerdote Eleazar. La declaración actual del deuteronomista puede considerarse como una confirmación del nombramiento anterior.

El cántico que Moisés debe poner por escrito debe ser como un testimonio profético de las prevaricaciones futuras de Israel, que se prostituirá (v.16) a dioses extranjeros. Yahvé es su verdadero esposo, pero el pueblo israelita espera encontrar en los ídolos cana-neos la bendición para su tierra5. Por ello será abandonado de Yahvé, que esconderá su faz, dejándole desamparado ante sus enemigos. La consecuencia serán los infortunios que tendrá que sufrir en medio de las gentes.

El v.30 es la introducción al cántico que el deuteronomista pone en boca de Moisés como vaticinio de las prevaricaciones futuras de Israel.

DEUTERONOMIO CAPÍTULO 32 
El Cántico de Moisés

Esta composición rítmica nos canta la historia de las relaciones entre Yahvé e Israel y viene a resultar un alegato acusatorio contra el pueblo elegido, que no supo corresponder a las bondades de su Dios. Cantado por los ministros del santuario y por el pueblo, sería una invitación continua a la penitencia y al retorno hacia Yahvé.

Es un poema didáctico más que lírico. La tesis es la especialísima providencia de Yahvé con su pueblo al formarlo como nación y la infidelidad de Israel, merecedora de los mayores castigos. Se ha supuesto que tiene una distribución coral de estrofas: dos coros alternativamente las van cantando, intercalando otras comunes a ambos coros. Así, pues, hay una distribución de estrofas y antiestrofas. El conjunto parece obra de un salmista de la época sapiencial, que por ficción literaria o seudonimia lo atribuye a Moisés, forjador, de la teocracia hebrea.

Introducción: Fidelidad de Yahvé (Dt 32, 1-4)

El poeta apostrofa a los cielos, poniéndolos como testigos mudos de las grandes verdades que va a proclamar. Es una introducción solemne y enfática para centrar la atención en torno a las alabanzas de Yahvé por sus obras portentosas. Sólo los cielos y la tierra son dignos de escuchar sus palabras de glorificación de Dios y de acusación contra Israel1. Como la lluvia y el rocío son recibidos ansiosamente por la tierra sedienta, así sus palabras deben ser acogidas por sus oyentes (v.2). Como la lluvia y el rocío siembran de riqueza la tierra, dando óptimas cosechas y frutos, así las palabras del poeta sagrado han de producir óptimos frutos de salvación y de arrepentimiento. Su doctrina debe discurrir suavemente, a gotas, para empapar las almas de sus destinatarios2.

Después de esta bella y ampulosa introducción, el poeta proclama el tema de su composición: celebrar el nombre de Yahvé (v.3), sus manifestaciones gloriosas en la historia de Israel. Y, llevado de su entusiasmo, invita a sus oyentes a proclamar la gloria de su Dios. El estilo es salmódico y épico a la vez. Los rasgos enérgicos y las insinuaciones delicadas se entrelazan en un conjunto poético lleno de armonía y de inspiración. Yahvé es la Roca, es decir, el castillo roquero, el refugio seguro de Israel en todas sus tribulaciones. Es inconmovible, porque está revestido de sus atributos intocables: perfección, justicia, fidelidad y rectitud. Sus obras, sobre todo las obras de Dios para con Israel, son la manifestación clara de. estos atributos. Su perfección se. revela en el mundo con sus maravillas, y su justicia y rectitud aparecen en el gobierno de la humanidad, y especialmente en la historia de Israel, y su fidelidad brilla en el cumplimiento de las- antiguas promesas para con su pueblo.

Infidelidades de Israel (Dt 32, 5-6)

Pero cuan lejos está Israel de responder a lo que le pide su Dios! Es siempre el pueblo sin sabiduría, necio, rebelde, de dura cerviz, que desconoce a su Dios, que no sabe apreciar los favores de que le colmó con solicitud paternal. La liberación de Egipto y la revelación de la Ley le constituyó como pueblo santo, aparte de todos los demás, como posesión o heredad suya. Frente a la rectitud, justicia y fidelidad de Yahvé está la perversidad, estulticia y rebeldía de Israel como nación. No supo responder a su vocación de nación santa y pueblo sacerdotal3. Yahvé no es sólo su Dios, sino su Padre. El profeta Isaías echa en cara a Israel su estulticia, ya que las bestias conocen a su dueño, y, en cambio, Israel no reconoce a su Señor4. En Is 63:16 se resalta el carácter paternal de Yahvé: "Tú eres nuestro Padre; Abrahán no nos conoció, y nos desconoció Israel, pero tú, ¡oh Yahvé!, eres nuestro Padre, y Redentor nuestro es tu nombre desde la eternidad." Malaquías echa en cara a Israel su ingrata e insensata conducta: "El hijo honra a su padre, y el siervo teme a su señor. Pues si yo soy vuestro Padre, ¿dónde está la honra que me tenéis? Y si soy vuestro Señor, ¿dónde el temor que me mostráis?" La larga historia de Israel desde Egipto constituye el mejor comentario de estas palabras del deuteronomista.

Las Larguezas de Yahvé para con su Pueblo (Dt 32, 7-14)

El poeta, inspirado, invita al pueblo a mirar hacia atrás, a los orígenes, antes que Israel existiera como nación, cuando Yahvé preparaba la formación de su pueblo. Los padres y los ancianos, testigos de la tradición, podrían decir a la generación presente lo que sabían ellos de los orígenes, cuando Dios distribuyó la tierra entre los descendientes de Noé, asignando a cada familia una región. Dios, el que había salvado a Noé del diluvio, constituyéndole en segundo padre de la humanidad, realizó esta nueva obra, mostrando en ella su corazón de padre para con la descendencia del patriarca, con quien había hecho su alianza. Como se dice en Ez 19:5, todos los pueblos son de Dios, pues El los creó, pero Israel es su escogida heredad, y para él escogió desde entonces la tierra que le destinaba, la tierra que desde tantos siglos antes había prometido a los patriarcas para dársela a sus descendientes. Esta predestinación es la primera muestra del amor paternal de Yahvé hacia Israel.

El hagiógrafo pasa en silencio la estancia de los israelitas en Egipto y su liberación milagrosa, presentándonos al pueblo en el desierto en medio de muchos peligros de fieras que le rodean y en total abandono. El Señor le rodea de su protección y le guarda como la niña de sus ojos, y a la manera del águila, que enseña a sus polluelos a volar, Yahvé toma a los israelitas sobre sus alas para introducirlos en la tierra prometida. Y en esta obra maravillosa y providencial no tomó parte ningún dios extraño, sino que todo fue obra de Yahvé, Padre de Israel. El salmista celebra estas bondades de Dios para con el pueblo elegido en los salmos 78 y 105. Instalado en la tierra de Canaán, la "tierra que mana leche y miel," Israel se alimentó de sus frutos, vendimió las viñas que no había plantado, sembró los campos que no había roturado, habitó las casas que no había edificado, y se hartó de la carne de los toros y carneros, del pan de los campos, del vino (la sangre de la uva, v.14b) de sus viñas, de los frutos de la tierra. Ezequiel expresa la prosperidad de Israel luego de su entrada en Canaán en términos alegóricos: "Estabas adornada de oro y de plata, vestida de lino, y de seda recamado; comías flor de harina de trigo, miel y aceite; te hiciste cada vez más hermosa y llegaste a reinar. Extendíase entre las gentes la fama de tu hermosura, porque era acabada la hermosura que puse en ti, dice el Señor, Yahvé." El poeta deuteronómico idealiza también la tierra prometida, establecida sobre las alturas de la tierra (v.13a), la cordillera dorsal de la tierra de Canaán, en cuyas rocas las abejas hacen sus panales de miel, y en la misma tierra calcárea (durísimo sílice) hizo brotar Dios el olivo. Las praderas ubérrimas de Basan, en TransJordania, abundan en ganados, y en las pequeñas llanuras de Palestina nace la flor de trigo, y en sus montículos terraplenados la viña. La descripción refleja bien la flora palestinense, lo que implica que el poeta conoce bien el país.

Ingratitud del Pueblo Israelita (Dt 32, 15-18)


Parece que la posesión de estos bienes debía de despertar sentimientos de gratitud en el ánimo de Israel y fundamentar la fidelidad a Yahvé. Pero, lejos de esto, se olvidó de Yahvé, el Yesurún, es decir, el recto, o Israel, que por vocación debía ser recto en sus caminos. En este supuesto es un término irónico. Algunos creen que es despectivo, relacionándolo con el hebreo sor (toro), lo que se adapta bien al contexto, en el que Israel aparece como un toro recalcitrante y rebelde por estar bien cebado (engordaste, te cebaste, te henchiste, (v.16), que no admite el yugo que se le impone. Israel ha abandonado a su Dios, su único Salvador, yéndose tras de dioses ajenos, a los que atribuye los bienes de que disfruta y ofreciéndoles sacrificios con prácticas abominables. Se han prostituido a los demonios o espíritus demoníacos (heb. sedim), alusión a las divinidades fenicias y cananeas adoptadas por los hebreos. En los Salmos se alude a estas prácticas, y Ezequiel refleja con toda crudeza la entrega de Israel al culto idolátrico: "Pero te envaneciste de tu hermosura, de tu nombradla, y te diste al vicio, ofreciendo tu desnudez a cuantos pasaban, entregándote a ellos... Tomaste las espléndidas joyas que yo te había dado, mi plata y mi oro, y te hiciste simulacros de hombres, fornicando con ellos... También el pan que yo te diera, la flor de harina de trigo, el aceite y la miel con que te mantenía, se la ofreciste en ofrenda de suave olor." Israel, pues, se ha olvidado de su Roca (Yahvé), su fortaleza, que le dio existencia como nación, y ahora queda expuesta a la cólera de su Dios, airado y celoso.

Reacción Colérica de Yahvé contra Su Pueblo (Dt 32, 19-25)

A la vista de tal conducta, ¿qué hará Yahvé, el Dios de Israel, que le ha colmado de beneficios? Jeremías describe el estado de idolatría general en Judá: "Los hijos amontonan la leña, los padres la prenden fuego, y las mujeres amasan la harina para hacer tortas a la reina del cielo y libar a los dioses extraños, para darme pesadumbre." Aun después de la catástrofe, los judíos exilados en Egipto creían que todo había sucedido por no haber ofrecido bastantes sacrificios y libaciones a la reina de los cielos, la diosa Astarté. El poeta deuteronómico presenta a Yahvé irritado por tan insensata conducta y hastiado de sus hijos e hijas, los que le pertenecían por haberlos liberado de Egipto y organizado como nación. Por esto ocultará su rostro (v.20), es decir, los privará de su protección, negándoles los beneficios y bendiciones temporales. Lo que traerá las peores consecuencias: veré cual será su fin. Es el anuncio de la desaparición de Israel como pueblo en castigo de sus pecados, la cautividad. Puesto que Israel ha coqueteado con no-dioses, olvidándose del único Dios verdadero, Yahvé tomará como instrumento de su justicia a un no-pueblo, es decir, a un pueblo bárbaro, a una horda salvaje, gente insensata, que le tratará despiadadamente. El poeta no concreta el nombre de ese pueblo opresor. En el siglo VII invadieron Palestina las hordas escitas, y quizá se aluda aquí a ellos. San Pablo aplica el texto a la vocación de los gentiles, que ocuparán el lugar de los judíos.

La cólera divina actuará como fuego devastador, que afectará a todo el país y a todas las clases sociales. Las expresiones son hiperbólicas. La ira vengadora de Yahvé llegará hasta las profundidades de la región tenebrosa de los muertos, el seol, para perseguir al culpable. La tierra será desolada con sus frutos, y las saetas de Yahvé (las epidemias) sembrarán la mortandad por doquier (v.23). El hambre, las fiebres y hasta las mismas fieras hambrientas harán presa del pueblo despavorido, y, finalmente, el espectro de la guerra acabará con los supervivientes (ν.26), sin distinción de edades ni clases sociales.

Yahvé no Aniquilará totalmente a Israel (Dt 32, 26-33)

Un obstáculo se opuso a que Yahvé pusiera en ejecución todas las amenazas que incluían la total devastación del país: la conducta de los vencedores gentiles, instrumentos de su justicia, que habrían de creer arrogantemente que su victoria se debía únicamente a su fuerza y no al poder punitivo de Yahvé contra su pueblo. Cuando, en la peregrinación del desierto, el pueblo desconfiaba de Yahvé, mereciendo así el castigo de su exterminación, Moisés aplacaba a su Dios apelando a su nombre entre los gentiles; es decir, el exterminio de los israelitas argüiría impotencia en el propio Yahvé. Era como despertar el amor propio de Yahvé para que perdonara a su pueblo. Es lo que el poeta deuteronomista expresa aquí: ¿Qué pensarían los enemigos de Israel cuando se vieran vencedores de él. Sin duda que no atribuirían su victoria a la voluntad permisiva de Yahvé, que castigaba providencialmente a su pueblo (v.28). Por carecer del conocimiento de la providencia del verdadero Dios (v.26), no sabían interpretar rectamente la destrucción del pueblo protegido de Yahvé. Si fueran inteligentes y perspicaces, sabrían comprender los acontecimientos y atenderían a lo que les espera, es decir, que su triunfo era efímero y sólo duraría mientras Yahvé no cambiara sus designios punitivos sobre su pueblo por otros salvadores. Si hubieran considerado la desproporción de fuerzas en la lucha, habrían deducido que uno no puede perseguir a mil, ni dos poner en fuga a diez mil (ν·30). Si los israelitas, a pesar de ser mucho mαs numerosos, han sido vencidos por un reducido número de atacantes, es porque su Roca (Yahvé, en otro tiempo castillo roquero y defensor de Israel) se los ha entregado. Los enemigos de Israel, si bien consideran las cosas, pueden ser jueces en la causa al considerar el poder de la roca de ellos (sus dioses) y la Roca omnipotente de Israel (ν.31). En realidad, los enemigos de Israel no son mejores que ιstos y no pueden dar más que frutos amargos, ya que su vid es de la vid de Sodoma, .de los campos de Gomorra sus sarmientos (v.32); es decir, su raza lleva gérmenes de muerte como las ciudades malditas, y por eso él fruto dé sus perversos designios es amargo y comparable al·cien áspides (v.33). Por tanto, a pesar de que son instrumentos de la justicia divina, también ellos serán castigados por sus crímenes y prevaricaciones. Ha llegado la hora del castigo de Israel, pero no se hará esperar la de ellos, para que no se enorgullezcan de sus victorias sobre el pueblo de Dios. Estas consideraciones teológicas son muy frecuentes en los escritos proféticos. Los enemigos de Israel son meros instrumentos de la justicia de Yahvé, de tal forma que por sí solos no podrían conseguir sus victorias contra el pueblo elegido, ya que, malditos y viciados en su raíz, no pueden sino dar frutos amargos de maldición. El hagiógrafo, pues, quiere poner en claro que, si Israel es pecador y merece el castigo, sus enemigos no son menos, y les espera también la hora de la justicia divina.

Castigo de los Enemigos de Israel (Dt 32, 34-43)

Yahvé se sirve de las naciones gentiles como ministros de su justicia, pero éstas no se creen tales, y obran llevadas de sus malos instintos. Por eso la justicia divina tiene que venir sobre ellos cuando les llegue el día. Yahvé tiene en sus archivos los motivos de su condenación, los cuales hará públicos el día de la venganza, que no está lejos (v.35). Con esto Yahvé dará satisfacción a Israel, pues no aparecería la justicia, que da a cada uno según sus obras, si, castigando a su pueblo por sus iniquidades, dejara sin castigo a las naciones gentiles, que, además de desconocer al Dios verdadero y adorar a los ídolos, cometían grandes atropellos contra Israel, no como quien cumple un ministerio de justicia, sino como quien satisface sus ansias de dominación y de botín. Como el pensamiento de servir a Dios no entraba en los planes de estos pueblos, es natural que Dios castigue sus atropellos contra la justicia. Israel está a punto de desaparecer totalmente (desapareció ya su fuerza, y que no hay ya ni esclavo ni libre, v.36) bajo la mano exterminadora de sus enemigos, y por eso va a intervenir

Yahvé para Castigar a sus Opresores.

Pero antes dirige una pregunta a Israel para que se haga cargo del origen de sus males: cuando llegó la hora del castigo, ¿donde están los dioses, la roca a que se acogían? (v.37). Yahvé quiere que saque lección de los terribles acontecimientos y reconozca la inutilidad y vanidad de los ídolos en que confiaba. De nada les han servido los numerosos sacrificios (las grasas de las víctimas..., el vino de las libaciones) ofrecidas a las divinidades de los gentiles (v.38). Sólo Yahvé dirige los acontecimientos de la historia y sólo El da la vida y la muerte (v.39).

Para asegurar que la venganza divina llegará sobre los opresores de Israel, Yahvé jura por su eterna vida, levantando su mano al cielo, como hacen los hombres al poner al Dios del cielo por testigo. La expresión es antropomórfica y refleja vigorosamente la decidida actitud de Yahvé en favor de su pueblo. Como un guerrero implacable afila la espada de su justicia para sembrar la mortandad entre los enemigos de Israel. En su mano está el juicio, o decisión judicial sobre la suerte de éstos, que recibirán su merecido (v.41). Y el poeta termina su anuncio de la intervención justiciera de Yahvé sobre los enemigos de Israel invitando a las gentes o naciones no israelitas a que se regocijen por haber sido vengada la sangre de sus siervos (v.43). Este acto justiciero de Yahvé tiene el valor de una expiación de la tierra y de su pueblo; es decir, un acto purificativo por todas las abominaciones y excesos que en la tierra de Yahvé se han cometido. En los escritos proféticos es frecuente presentar la liberación de Israel de la cautividad babilónica como la gran revelación de Yahvé a los gentiles, a los que se invita a unirse con el pueblo elegido para participar de los bienes mesiánicos.

Invitación al Cumplimiento de la Ley (Dt 32, 44-47)

Terminada la recitación del cántico que el deuteronomista pone en boca del propio Moisés, el gran legislador invita solemnemente al pueblo al cumplimiento puntual de las prescripciones de la Ley como medio de asegurar la prolongación de la vida sobre la tierra (v.47). Las bendiciones terrenales de Yahvé están supeditadas a la fidelidad a sus preceptos.

Moisés Contempla la Tierra Prometida antes de morir (Dt 32, 48-52)

El cántico de Moisés, que anuncia la prevaricación de Israel y su duro castigo, a tenor de los vaticinios y amenazas consignados, viene a ser una confirmación de la sentencia del Apóstol de que las promesas de Dios son sin arrepentimiento. Sabe a quién las hace, y no le sorprende la infidelidad de su pueblo para que cambie de parecer. No por los méritos de Israel, sino por su misericordia, por amor a su nombre, hace esas promesas y no las cambia. Moisés sabía que Yahvé habría de cumplir sus promesas a pesar de las prevaricaciones reiteradas pasadas y futuras de Israel, y por indicación divina subió al monte Nebo para contemplar el panorama de la tierra de promisión. Desde su cima (el actual dgebel Neba, de 835 metros de altura) domina el valle del Jordán y gran parte de la tierra de Canaán. El libertador de Israel tuvo que contentarse con este espectáculo, sin poder pisar la tierra prometida en castigo de un misterioso pecado de desconfianza cometido en Cades. Como Aarón había dejado de existir misteriosamente sobre el monte Hor, aislado del pueblo, Moisés morirá en el monte Nebo a la vista de la tierra de las promesas. Así el esquema de la historia del gran profeta de Israel queda perfectamente enmarcado, dentro de los designios divinos, sobre el creador de la teocracia hebrea. El hagiógrafo, pues, destaca su misión providencial conforme a la panorámica teológica de su narración: el cometido de Moisés como libertador y conductor de su pueblo hacia la tierra de las promesas hechas a los patriarcas queda completamente cumplido, y así se cierra solemnemente el ciclo de su vida al final de la peregrinación por el desierto, para dejar el paso al que iba a ser el denodado conquistador de Canaán, Josué, el cual también cumplirá su ciclo histórico en conformidad con los designios divinos.

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Deuteronomio 32,1-12
¿No es él tu padre y tu creador?
«Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios, y en verdad lo somos» (1 Jn 3,1).

Presentación

Los versículos tomados en consideración pertenecen al segundo «Cántico de Moisés». El primero era el canto festivo entonado inmediatamente después de la milagrosa travesía del mar Rojo. Este otro está puesto en labios de Moisés cuando se encuentra a las puertas de la tierra prometida.

En realidad se trata de un texto de difícil dotación, aunque, de todos modos, posterior a los acontecimientos del Exodo y de la conquista. Podemos subdividirlo así:
  • vv. 1-4: introducción de carácter sapiencial;
  • vv. 5-6: interrogantes sobre la infidelidad de Israel;
  • vv. 7-12: beneficios del Señor a su pueblo.1. El cántico leído con Israel: sentido literal

El cántico de Moisés, colocado en el capítulo 32 del Deuteronomio, es una meditación lírica sobre la historia. Reevoca un proceso entre Dios y su pueblo en el que se amenaza al culpable con un castigo, pero el Señor le salva después gratuitamente. También podemos definirlo como un himno a la grandeza de Dios, fuerza de su pueblo, el cual, a pesar de los signos de la benevolencia divina, se ha mostrado infiel.

El cántico se abre solemnemente con la convocación de cielos y tierra, llamados a escuchar y a dar testimonio de las palabras que bajan de lo alto y no deben volver a Dios sin fruto (cf. Is 55, l Os). Se invoca a Dios con el título entrañable a Israel de «Roca»: refugio seguro y fundamento inquebrantable al mismo tiempo, signo de su inmutable fidelidad. Su acción es perfecta: sus caminos, en efecto, son santos, porque él es recto y justo. Se confirma todo lo que hemos meditado precedentemente en el Sal 91. No es malvado lo que hace Dios, sino el pecado cometido por el Israel idólatra, que va por caminos tortuosos.

El texto se alza en este punto a una concepción de Dios muy elevada. Ni siquiera parece que esté separado tantos siglos de la buena nueva evangélica: «¿Así le pagas al Señor, pueblo necio e insensato? ¿No es él tu padre y tu creador, el que te hizo y te constituyó? (v 6). El remedio propuesto para este olvido incurable y culpable es hacer memoria de los beneficios de Dios. Eso es posible en el interior de la comunidad que transmite, de generación en generación, todo lo que Dios ha hecho desde el principio cuidando directamente de «su» pueblo.

La historia de Dios no comienza en este cántico, como de costumbre, con la liberación de Egipto, sino con el desierto, donde Dios encuentra al pueblo extraviado como un niño, como un expósito, y le adopta y le prodiga sus cuidados volando a su alrededor como hace el águila que protege desde lo alto a su nidada y la enseña a volar. Así guió Dios a Israel en un encuentro amoroso y exclusivo.

2. El cántico leído con Cristo y con la Iglesia: sentido espiritual

Pablo, en la primera carta a los Corintios, releyendo a la manera de los rabinos el acontecer del pueblo elegido en el desierto, afirma: «Bebían, en efecto, de la roca espiritual que los acompañaba, roca que representaba a Cristo» (1 Cor 10,4). De él se trata, en efecto, en nuestro cántico.

Cristo es el Amén definitivo de la fidelidad del Padre a nosotros, hijos degenerados y perversos, que hemos pecado contra Dios hasta matar a su enviado, a su Unigénito. Así le hemos pagado su amor nosotros, que somos verdaderamente necios, estúpidos y, sobre todo, desmemoriados para todo lo que hizo por nosotros al elegirnos desde la fundación del mundo para hacer de nosotros, en Cristo, un pueblo real, profético y sacerdotal. Por eso también nosotros queremos proclamar el nombre que el Señor Jesús vino a darnos a conocer: «Yo te he dado a conocer a aquellos que tú me diste de entre el mundo» (Jn 17,6a), y queremos dar gloria a nuestro Dios, que nos transfigura en el mismo fulgor del Hijo: «Por nuestra parte, con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa» (2 Cor 3,18).

Entonces, hechos voz de cielo y tierra y de toda criatura, podremos elevar un himno pleno de alabanza a Dios, porque verdaderamente «sus obras son perfectas» (v 4) y todos sus caminos para nosotros los hombres son justos. ¿No es éste el canto que el vidente del Apocalipsis oyó resonar en el cielo (Ap 15,3; 19,1s) y que también nosotros estamos llamados a entonar desde ahora en la asamblea litúrgica? «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones. ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte?».

3. El cántico leído en el hoy
a) Para la meditación

A los cristianos nos resulta fácil rezar este bello cántico, que tiene como tema la gloria de Dios, su santo nombre. Jesús nos ha revelado en plenitud su rostro de Padre y lo que las imágenes del texto evocan al corazón que escucha. Esta es, en efecto, la primera condición: disponernos a acoger lo que la Palabra –como lluvia fecunda– nos comunica hoy.

También nosotros, como Israel, corremos el riesgo de olvidarnos perennemente del Padre que nos ha creado. El olvidarnos de él, de su amor, nos impulsa por caminos tortuosos y perversos que nos conducen a la muerte, mientras que Dios ha venido a arrancarnos de los páramos solitarios en los que continuamente vamos a confinarnos. El nos envió a Jesús, su Amén definitivo, firme como roca, a repetirnos continuamente que somos para él preciosos como las niñas de sus ojos.

El Padre vigila nuestros pasos, nos sigue de manera invisible protegiéndonos, invitándonos a subir bajo su protección a la verdadera tierra prometida, que ha pensado desde siempre como meta de nuestro vagar humano. ¿Por qué le pagamos mal al Señor? ¿Por qué seguimos siendo todavía hijos degenerados si ya hemos conocido el corazón y el rostro de un Padre tan amoroso que nunca se cansa de esperarnos; más aún, de salirnos al encuentro para estrecharnos en su abrazo paternal?

b) Para la oración

Señor, haz que nos acordemos de que tú, sólo tú, viniste a buscarnos a la tierra mortal de nuestros desiertos, de nuestras amargas soledades, donde nos encontrábamos perdidos y llenos de miedo. Hemos creído en tu amor, que nos ha llevado sobre grandes alas y puesto

a salvo. No permitas que el olvido o la prueba nos hagan hijos necios, degenerados y, sobre todo, ingratos, porque tú eres santo, Señor, y todo lo que dispones para nosotros es siempre justo y recto. Enséñanos a dar gloria a tu nombre, que Jesús, el Hijo verdadero y perfecto, vino a revelarnos. Concédenos llamarte en él, con fe y ternura: «Abba, Padre», y nos encontraremos en paz y en armonía con todo lo creado. Amén.

c) Para la contemplación

Viendo bien David de dónde y con qué engaño había sido expulsado el hombre del paraíso terrenal, deseó reconstruir y recrear aquella belleza y, dedicándose a los salmos, nos procuró algo equivalente a la vida celestial. De hecho, aunque la Escritura exalta en cada una de sus partes la belleza de Dios, se muestra dulce de una manera particular en el libro de los Salmos. Por eso, también Moisés, que describió en simple prosa las gestas de los patriarcas, cuando hizo atravesar el mar Rojo al pueblo de los padres en una empresa maravillosa y memorable, y vio al faraón sumergido con su ejército, entonces elevó más arriba sus dotes naturales, porque había tocado una meta más alta que sus propias fuerzas. Y cantó al Señor un cántico de triunfo.

También María, tras tomar el címbalo, invitaba a las otras mujeres diciendo: «Cantemos al Señor...». También el mismo Moisés, tras haber leído la ley del Señor, para imprimirla en los corazones de quienes le escuchaban, habló con un canto que dice: «Escucha, cielo, y hablaré... ». Dios se complace, por tanto, en ser alabado con el canto. Y no sólo eso, sino que también se complace en reconciliarse con el canto. Y por eso se sirvió Moisés del canto poético, sobre todo cuando daba testimonio del cielo y de la tierra, por dos motivos: para que, al son de la belleza celestial, el mundo escuchara con mayor interés el canto de su propia salvación y para que, gracias a la suavidad de aquel placer sagrado, se arraigara para siempre en el ánimo del hombre la observancia de la ley. De este modo, el canto del Señor descendió como rocío suave desde el cielo y bañó como hierba la fe de los hombres con una lluvia de belleza espiritual (Ambrosio de Milán, Comentario al salmo 1,3-5, passim).

d) Para la vida
Repite a menudo y reza este versículo del cántico:
«Dad gloria a nuestro Dios» (v. 3b).

e) Para la lectura espiritual

Israel no fue un pueblo de gente impecable, pero sí, a buen seguro, un pueblo de creyentes: esta apertura personal y comunitaria a Dios, este vivísimo sentido de la trascendencia, constituye el primer gran servicio que Israel prestó a toda la humanidad. Y sólo Dios sabe cuánta necesidad seguimos teniendo, todavía hoy, de un testimonio como éste. Israel tampoco fue un pueblo de gente perfecta, pero sí esperó siempre en su perfectibilidad, gracias a los dones de YHWH, gracias a la fidelidad de Dios a sus promesas. La esperanza de Israel constituye una de esas herencias que no se ha perdido, ni nunca se perderá.

Uno de los servicios más preciosos que Israel ha prestado a la humanidad consiste exactamente en el gran resorte espiritual de la esperanza. ¿Sabe convertir en un tesoro esta herencia el mundo actual? ¿Sabrá reconocer con alegría la gran e insustituible tarea de Israel en el gran concepto de la salvación universal? Israel no fue un pueblo de santos, pero, ciertamente, cultivó la tensión hacia la santidad, a través de una oración que alcanzó cimas altísimas, que conoció expresiones literarias rarísimas. Esto constituye también uno de los más grandes servicios que Israel ha prestado a toda la humanidad (C. Ghidelli, Magnificat. II cantico di Mario, la donna che ha creduto, Milán 1990, 39).

https://www.mercaba.org/LECTIO/SALMOS/2/deuteronomio_32_01-12.htm


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